No es romántico.
Urgente.
—Lo intentaré más tarde —respondí.
Su sonrisa se tensó. —No tardes demasiado.
Cuando él se fue al dormitorio, yo me quedé en la cocina, mirando el collar como si tuviera vida propia.
Entonces me acordé de la anciana.
Sintiendo una tontería, llené un vaso de agua y metí el collar dentro.
Esa noche no pude dormir.
A las seis de la mañana, un olor extraño me despertó: metálico, agrio, como a monedas mojadas.
Entré descalzo a la cocina… y me quedó congelado.
El agua ya no estaba clara.
Se había vuelto espeso y verdoso.
El colgante se había partido.
En el fondo del vaso había un polvo gris… y una tira de metal doblada.