Así que guardé silencio.
Como muchas mujeres, confundí la paciencia con el amor… y la rutina con la estabilidad.
Esa tarde, el minibús estaba lleno. Le cedí mi asiento a una anciana que llevaba bolsas y se apoyaba en un bastón.
Antes de bajarme, me agarró la muñeca.
“Cuando tu marido te regale un collar, déjalo en un vaso de agua durante la noche”.
“No te fíes de lo que brilla”.
Quise preguntarle qué quería decir, pero ya se había ido.
Cuando llegué a casa, casi me había olvidado del asunto.
A las 11:15 de la noche, Mauricio entró sonriendo, algo que no le había visto en meses.
Sostenía una pequeña caja azul.
“Esto es para ti”, dijo.
Me quedé paralizado.
Mauricio no era una persona reflexiva.
Dentro de la caja había un collar de oro con un colgante en forma de lágrima.
Fue hermoso.
Demasiado bonito para lo que podíamos permitirnos.
—Póntelo —dijo—. Quiero verte con él puesto.
No fue lo que dijo.
Fue la forma en que lo dijo.