Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Me temblaban las manos al abrirlo.

Era una copia en miniatura de mi póliza de seguro de vida.

Mi nombre.
Mi firma.
El monto del pago.

Y con la letra de Mauricio, cuatro palabras que me dejaron sin aliento:

“Mañana por la noche.”

En ese preciso instante, oí sus pasos acercándose por el pasillo.

Y yo sabía que lo peor aún no había comenzado.

PARTE 2

Sin arena.

No lloré.

Guardé el objeto metálico en el bolsillo de mi bata, vacié el vaso y dejé el collar sobre el mostrador como si nada hubiera pasado.

Mauricio entró frotándose los ojos.

“¿Ya te lo probaste?”

Sin saludo. Solo el collar.

“Aún no.”

“Póntelo hoy”, dijo. “Quiero que te lo dejes puesto esta noche”.

Sus ojos lo recorrieron todo: el lavabo, mis manos, la encimera.

Demasiado cuidadoso. Demasiado tenso.

En el trabajo, no podía concentrarme.

A la hora del almuerzo, fui a una joyería antigua.