Iago no respondió de inmediato. Su rostro cambió: el hombre que hacía unos minutos se había mostrado cariñoso ahora estaba frío y concentrado. Caminó rápidamente hacia la ventana, apartó la cortina y miró hacia la calle.
—No tenemos mucho tiempo —dijo en voz baja—. Esto no es una amenaza vacía.
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Los dos bebés se removieron inquietos bajo la manta. Uno de ellos lloró suavemente, como si percibiera la tensión.
Valentina los atrajo instintivamente hacia sí.
—No los voy a devolver —dijo de repente, y por primera vez no había miedo en su voz. Solo determinación.
Santiago la miró. Por un instante, pareció darse cuenta de quién estaba realmente frente a él: no una novia destrozada, sino alguien que acababa de decidir luchar.
—Entonces tenemos que pensar rápido —dijo—. Si esto es trata de personas, no es solo Richard. Es una red.
—¿Y si vamos a la policía? —preguntó Valentina.
Santiago negó con la cabeza.
—Es demasiado arriesgado. Si tienen informantes… podríamos perderlos enseguida.
Entonces Valentina levantó la cabeza de repente.
—La pulsera… —dijo—. ¡El hospital!
Santiago lo entendió al instante.
—Si encontramos de dónde vinieron los bebés, tal vez encontremos a alguien que los esté buscando. Y tendremos pruebas.
El tiempo corría en su contra, pero no tenían otra opción.
Diez minutos después estaban de vuelta en el coche. Seguía lloviendo, pero no tan fuerte. La carretera brillaba bajo los faros, como si intentara ocultar algún secreto.
Valentina estaba sentada en el asiento trasero con los bebés, abrazándolos con fuerza. Ya no había duda: fuera quien fuera su verdadera madre, no dejaría que volvieran con esa gente.
Un megavoltio de hospital rápido. Los contactos de Santiago funcionaron: una llamada, un nombre, y ya estaban dentro.
Una enfermera, visiblemente cansada, tomó la pulsera.