Tras unos minutos, palideció.
“Valentina… Richard Mendoza no existe. Sus papeles son falsos. El rostro coincidía con el de un hombre buscado… Roberto Méndez… buscado por fraude y… —vaciló— trata de personas.”
El mundo de Valentina se derrumbó. No solo la habían abandonado en el altar, sino que casi se había casado con un criminal. Y estos bebés no eran parte de una cruel despedida… sino vidas robadas.
En ese momento, sonó su teléfono. Un número desconocido.
Santiago le hizo una seña para que contestara y pusiera el altavoz.
“¿Hola?” —dijo ella, temblando.
—Tienes algo que no te pertenece… querida —dijo una voz masculina grave y amenazante—. Y no me refiero a Richard. Devuélvelo si quieres vivir. Sabemos dónde estás.
Los dedos de Valentina temblaron mientras colgaba lentamente el teléfono.
El apartamento quedó repentinamente en silencio, pero ese silencio no trajo paz, sino algo mucho peor. La amenaza aún vibraba en el aire, como si las paredes la hubieran escuchado.
—Saben dónde estamos… —susurró él.
Sant