No a una casa de revista.
No a un mundo de fantasía donde la pobreza aprende buenos modales y luego se va educadamente.
Simplemente a un lugar donde el suelo no se hundía cerca de la estufa.
Donde la calefacción se encendía sin necesidad de rezar.
Donde la ventana junto a la cama de Noah ya no silbaba toda la noche.
Donde mi madre a veces se sentaba antes de medianoche.
Esto último era lo más importante. Una noche, al llegar a casa después de la escuela, lo encontré dormido, sentado bajo la lámpara amarilla, con los zapatos puestos y el libro abierto sobre el pecho.
No se desmayó.
Simplemente duerme.
Un sueño normal.
Cosas que la gente con vidas estables probablemente ni siquiera sabe que son lujos.
Me quedé en el umbral, observándola respirar.
Luego le eché la manta hasta los hombros.
Noah se acercó y susurró: “¿Deberíamos despertarla?”.
Negué con la cabeza.
“No”.
La dejamos allí.
Descansando.
No me lo merecía.
Simplemente lo tengo.
Más tarde esa noche, volví a sacar mi cuaderno de bocetos.
La vieja casa seguía en mis manos.
Ventanas cálidas.