Luego dijo: “¿Quieres mudarte?”.
Pensé en la cortina de estrellas.
En la voz de la señora Holloway a través de las paredes delgadas.
En el olor que finalmente salía de la caravana.
En las ventanas más seguras.
En Keisha, la vecina, y en la suave risa de Noah cuando la litera crujió.
En ser conocido y estar expuesto, y en cómo a veces esas dos cosas iban de la mano hasta que las separabas.
“Sí”, dije con sinceridad. “Y ninguna de las dos”.
Exhaló.
“Igual”.
No decidimos ese día.
Y creo que fue lo más sano que habíamos hecho en mucho tiempo.
No todas las encrucijadas requieren una respuesta dramática al atardecer.
A veces, lo mejor que puede hacer una familia cansada es admitir que la decisión es difícil y seguir adelante un poco más antes de rendirse.
Nos quedamos por ahora.
Quizás fue porque las reformas ya habían empezado.
Quizás fue porque Noah por fin había dejado de preguntar si la cama era provisional.
Quizás fue porque mi madre necesitaba tiempo para creer que podrían ofrecerle un lugar más seguro sin una factura oculta después.
Quizás fue porque irnos después de verlo se sentía como una especie de desaparición, a su manera extraña.
Así fue como superamos la temporada.
Y nuestra caravana cambió.