El mensaje decía: No ayudes a esa lisiada. Es una traidora.
Me quedé mirando las palabras hasta que se volvieron borrosas.
Lisiado.
Traidor.
Sobre su propia hija.
Miré a Sarah, que temblaba en el suelo, luchando por respirar a pesar del dolor. —¿Qué pasó? —pregunté.
Me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente. “No le contestes a mamá. No le digas que estoy aquí.”
Eso me asustó más que la sangre en su boca.
Ayudé a Sarah a recostarse en el sofá y la envolví en dos mantas. Cualquier movimiento la hacía estremecerse. Le traje hielo, agua y mi viejo botiquín de primeros auxilios, aunque parecía inútil contra la forma en que su cuerpo se encogía, como si hubiera aprendido a soportar el dolor demasiado bien. No dejaba de mirar hacia la ventana, sobresaltándose con cada faro que pasaba.
—¿Era Mark? —pregunté en voz baja.
Su marido.
Cerró los ojos.
Esa era toda la respuesta que necesitaba.
Durante el último año, vi cómo Sarah se desvanecía poco a poco dentro de ese matrimonio. Sonreía menos. Cancelaba planes. Ignoraba los moretones con excusas incómodas. Mamá siempre decía lo mismo: una mujer debe dejar de crear problemas en su propia casa. Odiaba oírlo, pero Sarah siempre me pedía que lo dejara pasar.
Ahora estaba en mi casa a las dos de la mañana con una costilla rota y el miedo reflejado en su rostro.
Entonces alguien golpeó la puerta de entrada con el puño con tanta fuerza que los marcos de los cuadros del pasillo temblaron.
Y una voz masculina rugió desde el porche: “Sé que está ahí dentro, Emily. Abre la maldita puerta”.
Todos los músculos de mi cuerpo se paralizaron.