
Pero era muy real. Y mientras observaba la escena, su mente hizo lo que siempre hacía: contó, sopesó, conectó las señales que preferiría no conectar.
Los bebés se parecían tanto a él que enseguida lo comprendió: eran sus hijos.
El parecido era innegable. Sus rasgos faciales, sus pequeños movimientos… cada detalle le recordaba a su propia familia.
Adrián sintió que se le encogía el corazón: esos niños… eran verdaderamente suyos.