
Su exesposa, pero no estaba solo. La miró a la cara, ese rasgo familiar medio oculto por el cabello despeinado. Parecía más delgada de lo que recordaba. Más pálida.
Y junto a él, como si fueran secretos frágiles, yacían dos bebés envueltos en mantas.
Adrian se detuvo tan bruscamente que Margaret casi se tropieza.
—¿Adrian? —preguntó, confundido.
Lo que sucedió después… el secreto que descubrió lo dejó completamente sin palabras.
Se trataba de Nora, su exesposa, a quien había dejado hacía casi dos años porque su vida se había vuelto “demasiado complicada”. En aquel entonces, la describió como “agradable, pero no la adecuada para él”.
Y allí estaba él, durmiendo en un banco en público, con dos bebés.
Uno de los bebés emitió un suave sonido, un gemido apenas audible. Nora no se despertó. El cansancio la había sumido en un sueño profundo.
A Adrian se le hizo un nudo en la garganta.
“Esto no puede ser cierto…”, susurró.