Fui a ese hotel porque pensé que iba a pillar a mi marido siéndome infiel.

—¿Qué necesito saber exactamente? —pregunté, intentando mantener la calma, sabiendo que si mi voz temblaba, todo se derrumbaría.

Nathan tragó saliva, y en ese instante comprendí algo que nunca antes había entendido en nuestro matrimonio: la mujer en la habitación no era el mayor secreto.

Era solo la puerta.

Entré en la habitación, no porque quisiera entrar, sino porque no iba a permitir que mis hijos se quedaran en el pasillo mientras su padre decidía qué versión de la verdad les resultaba más cómoda.

Ava se mantuvo cerca de mí, sus pequeños dedos apretando aún más los míos, mientras Milo se acurrucaba tras mi abrigo y miraba a Nathan con una expresión de confusión que dolía más que el olor a perfume, las sábanas arrugadas o la visión de su camisa medio desabrochada.

La joven, a quien Nathan finalmente se obligó a presentar como Lily Harper, ya se había puesto un suéter y estaba sentada junto a la ventana, con los brazos fuertemente abrazados. En su rostro se reflejaban miedo y confusión, y parecía mucho más joven de lo que había pensado al principio; no cruel, ni victoriosa, ni siquiera particularmente segura de sí misma. Aquello hizo que toda la escena fuera aún más repulsiva, porque quedó claro que Nathan no solo me había mentido a mí, sino también a ella, con la misma precisión.

—Dime —dije—. Sea lo que sea, dímelo ahora, delante de mí.

Nathan volvió a mirar su teléfono, y el miedo que cruzó su rostro no era el de un hombre aterrorizado por el divorcio. Era el miedo a ser descubierto.

—Le debo dinero a alguien —dijo. La frase era corta.