A medianoche, oí a mi marido decirle a su amante: “¡Mañana, esta villa de 700 metros cuadrados será tuya!”. Me reí…

Un momento después, entró Javier. El colchón se hundió al sentarse. Su familiar aroma a colonia mezclado con tabaco me envolvió. Extendió el brazo hacia mí y cada músculo de mi cuerpo se tensó.

“Elena, ¿sigues aquí?” ¿Despierta?

Su voz era suave. Tragué saliva con dificultad e intenté sonar adormilada.

—Tenía sed y fui al baño. Me voy a la cama.

Hizo una pausa y luego retiró el brazo. —Duerme. Nos vamos temprano mañana.

Pronto su respiración se hizo más profunda, y pasé la noche en vela, mirando fijamente a la oscuridad, con la mente atormentada.

El camino de montaña. Las pastillas. El barranco. La mansión. El dinero.

Y por encima de todo, surgió un solo pensamiento:

Mañana haré ese viaje. Pero no iré allí para morir.

Al amanecer, tomé una decisión. Sobreviviré. Me defenderé. Y les haré pagar.

A la mañana siguiente, apenas me reconocí en el espejo del baño. Tenía la cara demacrada, los ojos hinchados. Me temblaban las manos al abrir el teléfono. De alguna manera, en mi pánico nocturno, logré empezar a grabar y capturar la conversación de Javier. La escuché. Cada palabra estaba ahí.

Era la prueba.