¿Y bien? Quédate callada, y cuando todo termine, te traeré los papeles para que los firmes.
No pude aguantar ni un segundo más. Mis rodillas flaquearon y me desplomé en el suelo del pasillo. La alfombra se sentía suave, pero bajo mí era como una cuchilla.
Una avalancha de recuerdos inundó mi mente: nuestra boda en un hotel de lujo, Javier tomándome de la mano y diciéndome: «Nunca te dejaré». Noches en las que llegaba a casa dolorida por los tratamientos de fertilidad y él me daba agua tibia, diciéndome: «Solo un intento más, cariño». Pronto tendremos un bebé. Noches largas en las que lo esperaba y él me abrazaba, disculpándose por otra “cena de negocios”.
¿Era cierto algo de esto?
En esta casa, siempre había considerado a mi suegra mi peor enemiga. Sus burlas, sus comentarios, la forma en que miraba mi vientre. Pensaba: “Si alguna vez me voy de esta casa, será por su culpa”.
Pero quien realmente planeaba borrarme de mi vida era el hombre que dormía a mi lado cada noche.
No sé cuánto tiempo estuve sentada en ese suelo. Finalmente, la luz de la oficina se apagó. Oí el arrastrar de una silla, luego pasos. El instinto me dominó. Corrí de vuelta al dormitorio, me metí bajo las sábanas y fingí estar dormida.