Y habían decidido no decírmelo.
La verdad me golpeó con fuerza.
Mientras trabajaba en varios empleos, contraía deudas estudiantiles y me preocupaba por los gastos básicos, me habían permitido vivir en una situación de penurias innecesarias, mientras mis hermanos se beneficiaban de recursos que deberían haber sido iguales para todos.
En ese momento lo comprendí:
No fue un descuido.
Fue una decisión.
Y a partir de ese momento, todo empezó a cambiar.