Pero lo más difícil no fue sacar a Martín.
Lo más difícil fue reconstruir lo que su miedo había pudrido.
El lunes siguiente convoqué a todo el personal en la sala principal. La misma donde Martín solía pasearse como general victorioso, repartiendo elogios vacíos a los de siempre mientras ignoraba a quienes realmente sostenían el negocio.
Esta vez subí sola. Sin diapositivas. Sin frases infladas. Sin show.
—Algunos me conocen —dije—. Otros solo saben lo que les contaron. Así que voy a empezar con la verdad: la semana pasada me despidieron.
Hubo un murmullo nervioso.
—Me dijeron que no era lo que esta empresa necesitaba. Que me faltaba liderazgo. Y quizá tenían razón en una cosa: no creo en el liderazgo que humilla, silencia y roba méritos. Creo en otro.
La sala se fue quedando inmóvil.