“Me temo que tengo noticias difíciles sobre tu hipoteca”, continuó. “A partir de hoy se inicia el procedimiento de ejecución hipotecaria”.
Sus palabras rompieron algo en mí. Ni siquiera me despedí, sólo colgué, me llevé la palma de la mano al vientre y susurré: “Lo siento mucho, cariño. Lo intento, te lo prometo”.
Pataleó con fuerza, como diciéndome que no me rindiera. Pero necesitaba aire, una sola bocanada que no supiera a miedo. Salí, parpadeando bajo la brutal luz del sol, mientras recogía el correo.
Fue entonces cuando vi a la señora Higgins en la puerta de al lado. Tenía 82 años, el pelo siempre recogido y solía estar sentada en el porche con un crucigrama. Pero hoy estaba en el césped, encorvada detrás de un antiguo cortacésped, empujando con las dos manos.
“A partir de hoy se inicia el procedimiento de ejecución hipotecaria”.
La hierba casi le llegaba a las espinillas.
Levantó la cabeza al oírme, se secó el sudor de la frente y esbozó una sonrisa que se tambaleaba en los bordes.
“Buenos días, Ariel. Bonito día para trabajar en el jardín, ¿verdad?”.Su tono era ligero, pero pude ver su esfuerzo. El cortacésped se sacudió sobre un matojo oculto y se detuvo con un gemido.
Vacilé. El sol me quemaba la piel, me dolía la espalda y lo último que quería era hacerme la heroína.
Ella levantó la vista al oírme.