Al principio no trabajaba a tiempo completo. Conservaba mi apartamento en la ciudad para trabajar y pasaba los fines de semana en casa, ordenando, arreglando lo que papá había dejado descuidar durante sus últimos meses y recuperando habitaciones que antes me pertenecían.
Lo primero que hice fue recuperar mi habitación.
Las maletas de diseño de Marcus, sus cajas de zapatos apiladas, el televisor de pantalla plana sin abrir… lo trasladé todo al garaje. Ya se ocuparía de ello cuando estuviera listo.
Luego pinté las paredes de verde salvia, el color que siempre había querido pero que nunca me había sentido con la libertad de elegir.
Mamá se alojó en la habitación de invitados con un contrato de alquiler de un dólar.
Al principio apenas hablábamos, pero también dejamos de pelear.
No era paz.
Pero ya no era una guerra.
Y para nosotros, eso contaba como progreso.
Los domingos por la noche, la abuela empezó a venir a cenar.
Ella traía pastel o guiso, se sentaba a la mesa de la cocina donde yo hacía mis deberes y me contaba historias sobre mi abuelo, ese hombre testarudo al que, al parecer, me parecía más de lo que yo jamás había comprendido.
Coloqué flores frescas en la repisa de la chimenea, junto a la foto de papá.
Rosas amarillas.
Su favorito.
Solo me enteré porque Patricia Callahan me lo contó.
Una tarde, a finales de diciembre, me senté en el porche mientras el sol se ponía con una taza de té de jengibre en las manos.
Encontré la vieja taza de papá al fondo de un armario.
Ahora yo también lo usé.
Su carta se quedó en el bolsillo de mi chaqueta. La llevaba conmigo a todas partes.
Lo había leído tantas veces que los pliegues se habían ablandado. Pero la última frase seguía clara.
Eres la única en quien confío para lo que realmente importa.