“No te preocupes, mi amor. Mañana todo estará resuelto. Después de mañana, nadie nos molestará.”
Me quedé paralizada, con la mano suspendida en el aire.
“¿Mi amor?”
El corazón me empezó a latir con fuerza. Un escalofrío me recorrió la espalda y el cuello. Con cuidado, pegué la oreja a la puerta.
Su voz volvió a hablar, más baja esta vez, casi complacida.
“Lo tenía todo planeado. En esta carretera de montaña, aunque llueva un poco, el coche se desliza fácilmente. La policía pensará que fue un accidente. Nadie sospechará nada.”
Se me entumecieron las manos.
Carretera de montaña. Coche. Accidente.
Al día siguiente se suponía que celebrábamos nuestro quinto aniversario de bodas. Javier me había dicho que me llevaría a un balneario de montaña, a un hotel con vistas a un pinar, para una escapada romántica que aliviara la tristeza de años sin hijos. Empaqué abrigos y bufandas, e incluso le dije a mi suegra:
“Mamá, nos vamos unos días. Cuídate y no olvides tu medicina”.
Ahora lo entendía. Este viaje de aniversario nunca iba a ser una celebración.
Se suponía que esto sería mi ejecución.